En el funeral de Paco Amador

    Fallece en Cartagena un histórico de las Comisiones Obreras en los años setenta: Francisco Amador Martínez

    29/05/2019. José Ibarra Bastida
    Francisco Amador Martínez. Líder comarcal de CCOO Cartagena en 1977

    Francisco Amador Martínez. Líder comarcal de CCOO Cartagena en 1977

    Cuando he llegado al tanatorio había solo seis personas. En el funeral de Francisco Amador Martínez no había mucha gente, porque este hombre se había perdido en su derrotero final y estaba bastante solo, y eso es un doble duelo. Pero hay que hacerle justicia al viejo sindicalista de CCOO que nos ha dejado en Cartagena hace poco.

    Paco Amador fue muchas cosas. El mecánico que leía a Diderot. El comunista que en los setenta hizo apostolado entre los trabajadores de la Bazán, ese astillero clásico que era mucho más que una empresa. Un mundo entero, un lugar al que se pertenecía. En ese microcosmos bazanero, desde su Escuela de Aprendices hasta el taller de Maquinaria, la militancia en la ORT, el PCE y las Comisiones Obreras que él ayudó a construir en la clandestinidad, allí se forjó el mito de Paco Amador.

    Digo mito porque yo no le conocí hasta su vejez, pero siempre oí hablar de él en términos fabulosos. Era un personaje de otro tiempo, de tiempos de leyenda. Ya se había marchado de la empresa él cuando empecé yo a trabajar en el astillero y militar en el sindicato. A mis compañeros les oía decir que Paco Amador había sido aquel militante legendario de cultura oceánica que hablaba como un orador ateniense, agitador de todo el movimiento obrero de la Cartagena de la Transición,un sindicalista al que le gustaban la literatura y la política y que se obligaba a leer a Marx, Lenin y Gramsci pero que en realidad tenía otros sueños literarios que acabó por llevar a la práctica. La obsesión con las lecturas de Homero le llevó a dejarlo todo: el trabajo, la lucha obrera y hasta el hogar, para embarcarse en un buque de la Marina Mercante en busca de su particular Odisea por el Mediterráneo. Ese periplo, como otros, acabó mal, como tantos sueños de libertad, y el retorno fue duro. Cuando regresó del mar un tiempo después Paco ya no valía para trabajar en un taller, y ya había cambiado todo en los ochenta: el sindicato, el trabajo, la empresa y el país y, sobre todo, él mismo. Tuvo que reinventarse.

    Montó un bar en Cartagena. Se llamaba, claro, Ítaca. Cómo no. Ganó su buen dinero. Después, cosas de la vida, lo perdió todo. Entró a la vejez con mala salud y con un montón de calamidades médicas, personales y familiares de toda índole. Le amputaron una pierna. Vivía en un tercero sin ascensor. Estuvo sin salir de allí seis años seguidos, hasta que le desahuciaron el año pasado cuando una montaña de deudas y de ruina se comían a esa familia: lo conté en otra columna hace seis meses. Fue cuando finalmente le conocí: me envió una carta desesperada al sindicato para pedirnos auxilio. Al final intercedimos ante el Ayuntamiento y se pudo ubicar a esa familia en otro piso más económico y que no acabaran en la puta calle. Es duro decir estas cosas pero hoy que se ha muerto quiero recordarlas. Generoso hasta el último día, antes de que le echaran de la casa legó parte de su biblioteca al sindicato. Enternece ver esos libros de teoría marxista de la época de la Transición, amarillentos y trasnochados, que un día fueron tan trascendentales y que hoy ya no le importan a nadie.

    Me dijo que tenía muchas cosas escritas, hasta obras de teatro, que un día se vendría con su silla de ruedas por el sindicato y me las enseñaría. No pudo ser. Una enfermedad se lo ha llevado al otro mundo.

    Su viuda y su hija me decían esto hoy en el tanatorio: Paco dedicó más tiempo a los trabajadores que a su propia familia. Y es verdad. Aquel hombre, en aquellos años, lo dio todo. Mañanas, tardes y noches dedicadas a la causa en reuniones y asambleas interminables. Cometió errores, claro, como todos nosotros. Pagó demasiado caro por ellos: él y su mujer y sus hijos. Ha muerto olvidado y sin un duro, y sin haberse aprovechado nunca de nada ni de nadie. Eso, en este país de golfos, ladrones y corruptos.

    En un curso de Comisiones Obreras, hace años, cuando yo empezaba, me dijeron que las virtudes deseables de un sindicalista son tres: inteligencia, tesón y generosidad. Paco tenía de las tres, pero de la que más tenía fue sin duda la generosidad. Y por ello, Paco Amador, en CCOO no te olvidamos. Tu vida novelera merecía palabras mejores que estas, pero son las que me salen hoy del corazón y no tengo otras. Que la tierra te sea leve, compañero.

    JOSÉ IBARRA BASTIDA. Secretario comarcal de CCOO en Cartagena

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